Cuando callar también es una forma de conflicto
El cuerpo como primer lugar donde se manifiesta lo no dicho
EVITACIÓN
Francisca Dorado
1/22/20262 min read
A veces he callado para que no haya problemas. Para no incomodar, para que el ambiente siga funcionando, para no tensar más algo que ya parece frágil. Desde fuera, ese silencio ha podido confundirse con responsabilidad, calma o madurez. Desde dentro, muchas veces lo he vivido como una tensión sostenida, difícil de nombrar pero muy presente.
Cuando el conflicto se desplaza al cuerpo
El conflicto tiene su propio modo de quedarse cuando no encuentra espacio para expresarse. A veces no aparece en forma de discusión. Se instala por dentro.
Cuando una necesidad no encuentra palabras, el cuerpo empieza a hablar. Es un lenguaje discreto, pero persistente. Va recogiendo lo que no tuvo lugar: el límite que se pospuso, el desacuerdo que se suavizó, la decisión tomada para que "no se mueva el barco"
Con el tiempo, esa acumulación se siente en el cuerpo. Se siente en el pecho cuando surge un tema delicado. En la garganta que se estrecha justo antes de decir algo importante. En el cansancio que pesa al final del día. En la tensión del cuello, de la mandíbula, de los hombros.
El cuerpo registra la experiencia completa. Lo que hiciste y también lo que te hubiera gustado hacer. Lo que dijiste y lo que quedó pendiente.
La fricción interna
Muchas personas que sostienen mucho hacia fuera viven una fricción interna constante. Siguen funcionando, cumplen, responden… y algo por dentro permanece inquieto. A veces es difícil ponerle nombre, pero la sensación está ahí.
Escuchar el cuerpo implica darle un lugar a esa sensación. Permitir que tenga presencia. Sentir qué ocurre cuando callas y qué cambia cuando te reconoces lo que realmente sientes, aunque todavía no lo expreses hacia afuera.
La adaptación continua
La adaptación continua va moldeando el carácter. Te vuelves eficaz, resolutiva, disponible. Y, al mismo tiempo, tu centro puede ir quedando en segundo plano. El cuerpo suele ser el primero en darse cuenta.
Desde esta mirada, el conflicto forma parte de la vida relacional. Trae información sobre tus límites, tus valores, tus necesidades. A veces señala que algo requiere un ajuste. Otras veces pide una conversación pendiente. Y en ocasiones simplemente reclama que te quedes contigo un momento más, sin retirarte para evitar.
Silencios que sostienen, silencios que desgastan
Hay silencios que cuidan y silencios que desgastan. La diferencia se percibe por dentro. Cuando el silencio nace de la elección, hay serenidad. Cuando nace del miedo o de la sobreadaptación, el cuerpo se contrae. Ese matiz se aprende escuchando.
Un primer movimiento hacia dentro
Reconocer lo que ocurre internamente ya es un movimiento. Un gesto de cuidado. Una forma de volver a ti.
El conflicto a menudo tiende a convertirse en lucha para ser atendido. Y también puede ser una puerta hacia mayor claridad y presencia. Empieza en algo muy sencillo: parar un instante y sentir qué está pasando en ti ahora mismo.
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Si este texto te ha resonado, quizá sea un buen momento para parar y explorar un poco más.
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